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ENTRE LINEAS

Marta

Marta

Hay nombres que me han acompañado a lo largo de la vida. Uno de ellos es el de Marta. Tal vez porque con sus letras se puedan formar palabras de significados contrapuestos –la deseada “Amar”, o la carcelaria “Atar”, o la dubitativa “Rama”, o el inmenso “Mar” o la inquietante “Trama” o la terrorífica “Matar”- o porque las “martas” con las que me he topado han dejado una huella en esta memoria que ya empieza a flaquear para los asuntos del corazón. Hasta donde mis recuerdos alcanzan contabilizo a día de hoy hasta cinco “Martas” que destacan en mi existencia por algún detalle que me regalaron.

 

La primera apareció en mis brazos despechada por los de mi mejor amigo en aquél entonces. Era consciente de ello pero como el gusto de mi amigo era exquisito y yo tenía un corazón grande, accesible a través de la cremallera de mi bragueta, dejé que me lo acariciara. La segunda Marta ya vino a mí por méritos propios. Curiosamente era amiga de la anterior y se enamoró perdidamente de mi corazón, no porque lo hubiese visto cuando retozaba con su íntima, sino porque sospecho que algo le debió contar de él en aquellas escapadas que hacían juntas al lavabo de señoras. La tercera Marta ya fue algo más serio. Esa ya tocó directamente los engranajes de mi corazón, el que palpita en el pecho. Fue una bonita historia que, para ella, acabó mal. Se casó con otro, con su novio de toda la vida, cuando tenía 24 años. Yo tenía 21 y ejercí de amante “asa”: apasionado-solícito-agilipollado. Pude robarle besos, caricias y casi doy al traste con su matrimonio. Pero ella prefirió la estabilidad y el confort que le proporcionaba la cuenta corriente de su marido que la vida de un aprendiz de aventurero que solo podía viajar, por aquél entonces, con la mochila de sus sueños.

 

Después de aquél episodio vinieron unos años, lustros sin Marta que llevarme al recuerdo. Hasta que apareció la cuarta de la que no voy a contar nada porque quiero correr raudo y veloz a la que, hoy, es objeto de mis pasiones. La quinta Marta. La definitiva. Bebo los vientos por ella, mi cuerpo arde cuando noto su presencia. Por ella cometería, en esta plácida madurez en la que me encuentro inmerso, la más grande de las locuras. Por ella sería capaz hasta de cambiarme el nombre para borrar mi pasado. Para que ella entienda que sólo tengo futuro a su lado. Y porque quiero gritarlo a los cuatro vientos para que ella me oiga, ahí la tenéis, en el enlace. El objeto oscuro de mi deseo.

 

 

 

El frasco de las esencias

El frasco de las esencias

Le costaba finalizar aquellas cosas que le proporcionaban placer aún sabiendo que ese placer actuaba en su contra, pero cuando llegaba la hora de tomar la decisión, que siempre era dolorosa, no se andaba por las ramas y la llevaba hasta sus últimas consecuencias. Eso hizo al abandonar el tabaco ahora hace casi diecinueve años, haciendo caso de una puñetera vez a todos los que le venían advirtiendo que ese “vicio te va a matar”. Dejó a rajatabla de consumir los más de dos paquetes diarios de cigarrillos de “loquesea” escogiendo para ese magno acontecimiento, su treinta y tres aniversario. No obstante, sabedor que un momento de flaqueza podía sentir la necesidad de un pitillo, escondió en un cajón del armario de su dormitorio una cajetilla de cigarrillos negros. Allí permaneció oculta durante más de cinco años. Luego se olvidó de ella y un día, simplemente, el paquete de tabaco, desapareció. Lo cierto es que nunca volvió a fumar.

 

Esa técnica de olvido o como se quiera llamar, la aplicó a su última amante. Ahí no tuvo que hacer caso a nadie que le dijese que sino dejaba esa relación le iba a matar. Las relaciones extramatrimoniales no solía comentarlas con nadie, ni con su mejor amigo, máxime cuando esa relación no era un simple encamamiento. Fue él mismo quién decidió dar por terminada una relación que había entrado en deriva, no por falta de sentimientos, que los había, ni por falta de deseo, que existía. No fue nada de eso sino su empecinamiento en mantenerse en la poligamia cuando disfrutaba de dos mujeres empeñadas en ser monógamas. Así que después de muchos momentos de me quedo contigo o me voy, tuvo que decidir y, como siempre, decidió lo fácil. Continuar con su plácida -y carente de pasión- vida familiar. Dejó a su amante o lo dejaron los dos. Ella, su amante, facilitó la ruptura tal vez porque estaba cansada de apostar por ese amor compartido. Una vez tomada la decisión tenía que ser definitiva, como aquél día que desertó del tabaco. Lo mejor era darla por muerta. Crear la ficción que había fallecido para que su recuerdo, imposible de borrar, no la empujase de nuevo a su lado. Faltaba ese algo de ella, ese paquete de cigarrillos, que le ayudase a superar los momentos de desesperación. Fue entonces cuando recordó la botella de colonia que ella le había regalado hacía unos años. Sabía cómo había dejado el tabaco y que había necesitado un "salvavidas" que lo ayudase en los momentos de ahogo. “Huele su aroma cuando yo ya no esté a tu lado” –le había dicho-Contiene mi esencia y te ayudará en los momentos que añores tanto mi ausencia que darías tu vida por estar junto a mi”.

 

Resulta que la pasión no es como el tabaco que te da vida cuando dejas de inhalarlo. Sucede que los sentimientos producen más dependencia que un cargamento de nicotina. Por eso él tuvo que acudir al frasco de colonia para aspirarlo. Lo hizo cerrando los ojos como si con esa acción pudiera absorber mejor el hálito de aquella fragancia. Como un fogonazo vio la imagen de su amada nítidamente y ya no pudo abrir los ojos. Cuando ella se enteró de su muerte causada por la intoxicación de un extraño gas supo que al fin podría empezar a recordarlo.

 

 

 

 

 

Toda la oscuridad del mundo jamás podrá apagar la luz de una vela.

Toda la oscuridad del mundo jamás podrá apagar la luz de una vela.

Ella se fue y me voy con Ella.

 

Porque si Ella no está mis letras son un engaño, simples palabras vacías de contenido.

 

Porque con su abandono la desidia se adueña de mis actos relevándolos a automatismos que chirrían desengrasados.

 

Porque sin su voz los sonidos carecen de sentido en el pentagrama de la cotidianeidad.

 

Porque sin su presencia mis ojos solo ven formas confusas e indeterminadas.

 

Porque sin su aroma hasta el aire me aburre respirar.

 

Porque sin Ella, no soy más que un borrón en la oscuridad.

 

Porque me falta Ella, la Pasión, y sin eso no puedo seguir escribiendo.

 

Por eso os pido, no soñéis conmigo. Dejadme partir.

Desearé...

Desearé...

Levantaré caminos diáfanos y francos para andar por ellos en busca de mi verdad.

Mantendré los ojos abiertos para no perder a ese amor que vendrá.

Aceptaré y confiaré.

Abrazaré y si alguna vez se rompe ese abrazo, recogeré los trozos.

Me alegraré y si todo es triste, acariciaré.

Tendré nuevas ilusiones y cuando las pierda, miraré las estrellas.

Intentaré crear pero si no puedo, ayudaré.

Construiré un futuro y si no llega, continuaré.

Contemplaré y si todo es gris, soñaré.

Sonreiré y si no es posible, lloraré.

 

 

 

 

 

Time it was, and what a time it was

A time of innocence, a time of confidences

Long ago, it must be, I have a photograph

Preserve your memories, they're all that's left you

 

(Simon & Garfunkel)

 

Pues eso...

Pues eso...

Mi mujer ideal

Mi mujer ideal

Mi mujer ideal no es una rubia de metro setenta con ojos azules que alumbren unas curvas imposibles de tomar a gran velocidad. No se trata solo de físico, sino de actitudes y, por supuesto, aptitudes que se suponen a una mujer con la sensualidad de la madurez.

 

Mi mujer ideal debería declarar lo enormemente aburrida que es la monogamia. Tendría que saber que, el amor, dura mucho tiempo pero el deseo ardiente, dos o tres semanas, tal vez cuatro. No me gustaría que conmigo, se sintiera en pareja, al igual que yo tampoco me sentiría. Quiensea que fuese, estaba seguro, existía.

 

Quelqu'un m'a dit” que me dirigiese al Sur de dónde me encontraba para conquistarla. Por eso andaba yo este fin de semana pasado en Valencia esperando tropezarme –y algo más- con Ella cuando, paseando por una avenida, supe que estaba en Francia y que un tal Nicolás Sarkozy , más feo pero como más poder que yo, se me había adelantado. A punto estuve de ponerme a llorar pero no lo hice. Las lágrimas negras me hubiesen impedido ver el camino de vuelta.

 

 

Momento fatídico

Momento fatídico

Ocurrió en un instante el día de su quinto aniversario de bodas. Ese día regresó más pronto a casa del trabajo para prepararle una cena sorpresa a su marido. Venía cargada con las bolsas del supermercado cuando, al cruzar la puerta de su domicilio, oyó un sonido de la voz de su cónyuge que provenía de la “suite” de matrimonio… “uuuhhhmmm” y un “¡ joder!” a continuación, seguido de unos pasos alterados. Se encontraron mirándose extrañados en el pasillo. Él con los pantalones y los calzoncillos bajados hasta la pantorrilla que dificultaban su carrera y aireaban sus nobles partes de bellaco. Ella con la bolsa de patatas en la mano derecha. Él quiso decir algo. Ella no le dio tiempo. Llena de furia le arreó con toda su fuerza en la cabeza con la bolsa de dos quilos de patatas, haciéndole rebotar contra la pared. Estuvo una semana en coma y, según dijeron los médicos, salvó la vida de milagro.


Ahora se encuentran los dos frente al juez de primera instancia tramitando el divorcio. Él le está explicando a su señoría que, en el día de su quinto aniversario, estaba haciendo sus necesidades mayores en el baño de su casa y que, al acabar tan delicada operación, se percató que no había papel con el que limpiarse. Fue entonces cuando, al ir a buscarlo al cuarto de servicio, se encontró en el pasillo con su mujer y de repente, vió como una bolsa del supermercado se acercaba a él a gran velocidad. Ese fue el penúltimo recuerdo que tiene de su mujer. El último y “motivo por el cual, señor juez, solicito el divorcio”, explica, fue el de la mal disimulada carcajada de “su señora” al enterarse lo que estaba haciendo en el pasillo.

No quiero que me entiendas

No quiero que me entiendas

No quiero, tampoco lo pretendo, que me entiendas como yo tampoco sé, y ya he desistido, entenderte. La lógica, esa fiel aliada de lo incomprensible, explica que todo debe obedecer a un capricho, a la necesidad de incrementar los niveles de autosatisfacción. Esa debe ser la causa porque no se puede atribuir a la desmemoria tratándose de una persona joven y aparentemente sana. Mantener lazos de unión, inservibles y desesperanzados, hay que aplicarlo a la razón de una sinrazón. Entender la situación, sólo puede hacerse posicionándose en la locura que ha representado una historia carente de principio y sin final. Tal vez, pienso, todo ha sido fruto de la imaginación, equivocada eso si y ahora toca pagar el precio de ese error constatando la realidad de lo que es superfluo. Como este escrito falto de pies, ausente de cabeza. Y eso si que no me importa porque, como te decía –escribía-, no quiero que me entiendas.

Del porqué los catalanes somos antipáticos. La singularidad catalana. (y II)

Del porqué los catalanes somos antipáticos. La singularidad catalana. (y II)

El pasado 26 de noviembre se votaba en el Congreso de los Diputados la reprobación de la ministra de Fomento Magdalena Alvarez entre otras cosas, por su pésima gestión al frente de su ministerio concretada en el caos que ha llevado a las infraestructuras ferroviarias en Catalunya , cuyo parlamento autonómico había pedido por abrumadora mayoría días atrás, la dimisión de la ministra. Hasta que punto Magdalena Alvarez ha soliviantado a los catalanes que ha conseguido que dos partidos enemigos irreconciliables, Ezquerra Republicana de Catalunya y Partido Popular, se uniesen en su votación contra la ministra. A pesar de que todo parecía indicar que iba a prosperar la reprobación de la ministra dada la tendencia de Rodríguez Zapatero a respetar todas aquellas decisiones que emanen del Parlamento de Catalunya, dicho sea en término inverso para que se me entienda, la moción no salió adelante. No progresó por el escaso margen de tres votos que, según los medios de comunicación que recogieron la noticia, se debió a la “acción de dos tránsfugas del PP” o, según otros, por la “compra de los votos del Bloque Nacionalista Galego y Partido Nacionalista Vasco por parte de Rodríguez Zapatero”.

 

Lo que pocos medios recogen es que, justo a la hora de las votaciones, un diputado de Esquerra Republicana de Catalunya tuvo un apretón –supongo que contagiado por la que se presumía una apretada votación- que le "obligó" a abandonar el hemiciclo para ir a evacuar, no se sabe si con éxito, su catalanidad en la mismísima taza del excusado no fuera que con su inestimable presencia se ganase la votación que propugnaba su partido, la reprobación de la ministra, y tuviese que enemistarse con sus socios de gobierno en Catalunya el PSC, sucursal en esa Comunidad del Partido Socialista Obrero Español.

 

Como quiera que al susodicho republicano le debía remorder su “nacional-catalanista” conciencia por el “inoportuno” retortijón sufrido, decidió que iría a la manifestación convocada en Barcelona el primero de diciembre por una llamada “Plataforma pel Dret a Decidir” (Plataforma por el Derecho a Decidir) eufemismo al que algunos catalanes acuden para denominar el derecho a ser independientes. A la llamada acudieron, entre otros, el partido republicano, sus amigos Iniciativa-Verds –autotitulados “verdes” porque uno de sus líderes va en bicicleta- y la oposición en Catalunya, los defenestrados de Convergència i Unió. La manifestación era la protesta por el déficit de las infraestructuras en Catalunya y el derecho a decidir de los catalanes sobre ellas. Singular sin duda debe ser un País, el mío, que en vez de propugnar el cambio de partido en las próximas elecciones por su mala gestión, quieren decidir el cambio de País.

Del porqué los catalanes somos antipáticos: las balanzas fiscales (I)

Del porqué los catalanes somos antipáticos: las balanzas fiscales (I)

El jueves pasado, 29 de noviembre, la Fundación BBVA publicó un estudio sobre la contribución de las Comunidades Autónomas a la Administración Central del Estado. El resultado no complació a las llamadas “fuerzas progresistas catalanas” (es decir, todas menos el PP) que están utilizando el argumento, desde antiguo, que “Catalunya es la comunidad que más colabora a las arcas del estado y recibe menos a cambio” como punta de lanza para sus soflamas independentistas. No debió ser muy del agrado de dichas fuerzas comprobar que la comunidad autónoma de Madrid es, con más del doble que la catalana, la principal perjudicada con referencia a su contribución a la hacienda pública estatal. Valencia y Baleares son las otras dos comunidades autónomas cuyos ciudadanos aportan más de lo que reciben del Estado. Entre los territorios más insolidarios con el resto de comunidades autónomas se encuentran Euskadi y Navarra.

 

 

Entiendo que el resultado del trabajo de la Fundación BBVA debería molestar mucho a los ciudadanos de la comunidad madrileña, lo de siempre a los de la comunidad catalana y un poquito menos que los madrileños debieran estar valencianos y baleares. Pero no fue así. Por la tarde, en el Congreso de los Diputados se produjo un hecho que me hizo reflexionar al respecto del porqué los catalanes somos tan antipáticos al resto de nuestros nacionales. Se discutía la renovación del convenio económico que regula las relaciones entre Navarra y el Estado. La única queja, fue la del diputado de ERC, Joan Puig –aquél que montó el show de la piscina de Pedro J. Ramírez- que plañía de manera vehemente el maltrato que se propiciaba a Catalunya y la insolidaridad Navarra, poco menos que llegando al insulto con dicha Comunidad. Escuchando la arenga de su señoría y la respuesta airada de los representantes navarros que casi acaba con una cita navajera en los aledaños del Congreso, no podía pensar que el ínclito Joan Puig votase a favor de la renovación del convenio económico de Navarra. Con su actitud el republicano había cabreado no solo a navarros y administración central, sino a los catalanes y, muy especialmente, a los militantes de su propio partido. Ahí se labra la antipatía de los catalanes que, ni pagando a los que apoyas, caes simpático.

La genialidad me causa angustia

La genialidad me causa angustia

Los comentarios que hacéis de mis relatos en estas páginas –no tanto en Derivas - me han llevado a la conclusión que soy poco más que un escritor genial, con ideas originales y de plasmación ágil en el papel virtual del “html”. Pasado el primer momento de borrachera del ego y consiguiente subidón de mi estima, siento una gran zozobra por ello, por ser un genio. Me pregunto que si así es, si tenéis razón, debería tener su traducción en honores, distinciones y reconocimiento social. Vamos que estaría en un jacuzzi bañándome en oro y retozando con una hembra o hembras diferentes cada día. Y la verdad follo lo justo y de dinero pues… para qué os voy a contar mis miserias.

 

Pero como, por un lado, estoy lejos de dignidades y de prerrogativas sociales y, por otro, doy mucho crédito a vuestros acertados comentarios es cuando de verdad se apodera de mi la angustia ¿Y si, como dicen mis comentaristas, fuera un genio y aún no me hubiese llegado el reconocimiento? ¿Y si la afirmación social de mi genialidad me llegase, como a Gauguin o Van Gogh , después de muerto? Pues menuda putada vivir en la indigencia y casi sifilítico para qué luego se coman los beneficios tus herederos. Estoy seguro que si Gauguin o Van Gogh supieran que otros se están forrando con lo creado por ellos en una vida miserable, no hubiesen cogido ni un solo pincel. Por lo tanto... ¡la moraleja -si la hay- la pensáis vosotr@s! ¡Hala! (Y luego la comentáis).

Viaje alucinante

Viaje alucinante

Siento vértigo cuando miro al cielo precipitándome sin remedio hacia él. Cierro los ojos con la ilusión que mi caída a las alturas no tendrá consecuencias fatales al ser fruto de una de mis ficciones imposibles. Estoy seguro que cuando los abra me encontraré tumbado tranquilamente en la hamaca del jardín de casa.

 

No es así. Mi salto hacia la bóveda celeste es real, tan real como esa nube que me envuelve y trato de apartar inútilmente con un aleteo de manos. Al atravesar la nube en mi acelerado descenso hacia el cosmos, tengo un instante de pánico constatando la posibilidad que acabe perdido en algún lugar del firmamento. Ese sobresalto, por razones que aún no logro comprender, se diluye a medida que cruzo la estratosfera acercándome al espacio.

 

La ingravidez ahora balancea mi cuerpo desacelerando su bajada. No siento frío. No me es posible sentir frío contemplando el espectáculo del Universo. Me invade una sensación de triunfo al saberme un espectador privilegiado que tiene al alcance las estrellas, el guiño de la Luna, la rotación de los planetas, el vaivén de los asteroides… y consigo, por fin, el sosiego al percibir que he llegado al final del viaje. Al término de esa vertiginosa aventura que representa mirarte a los ojos.

La huella de la sombra

La huella de la sombra

 

Las sombras no dejan huellas, pero no somos sin ella y ella nos necesita para ser.

 

 

Las palabras, como los sentimientos, no tienen sombra, pero dejan huellas.

 

 

El silencio, oscuro como la sombra, deja el rastro de la soledad.

 

 

A veces me siento sombra. Sombra llena de surcos trazados por el peso de las palabras. De estrías por tanto sentimiento roto. De marcas de soledad que enluta la luz hasta hacerla desaparecer.

 

 

Hasta que no existan sombras.

 

 

Hasta que se borren todas las huellas.

El escritor de pinturas.

El escritor de pinturas.

Sus representaciones pictóricas llenaban las galerías más prestigiosas del mundo. Cada nueva obra que presentaba superaba en talento a la anterior, o al menos eso decían los críticos. Tan conocida era su genialidad que cuando anunció la presentación del libro con sus memorias en el que, dijo, explicaría el secreto de la técnica que tanto éxitos le proporcionaba, levantó una expectación nunca vista en el mundo de los virtuosos del lienzo. Llegado el día, ante una sala abarrotada por el interés generado, el maestro destapó el atril mostrando una tela en el que aparecían una casa en la que en su tejado humeaba una chimenea. Sobre ésta un círculo circundado de palos a modo de rayos indicaba que aquello era el sol, a punto de ser tapado por una nube. Un árbol al lado de la casa adornaba un inexistente jardín y junto a aquél, cuatro monigotes sonrientes cogidos por la mano conformaban la imagen. “¡Es un cuadro!”, gritaron sorprendidos algunos “¡Qué simpleza!”, empezaron a murmurar despectivamente otros. “No es un cuadro. Es un libro” corrigió el pintor “Y es mi composición más elaborada” apostilló. No le faltaba razón porque, al acercarse al lienzo se podía ver como los trazos de cada dibujo estaba configurado por letras, miles de palabras que contenían la historia del artista hasta formar el dibujo, que desvelaba el secreto del triunfo en su vida.

 

¡Quiero ser 'zapalán'!

¡Quiero ser 'zapalán'!

Es bien sabido que la administración Rodríguez Zapatero llegó al poder en las elecciones de marzo de 2004 gracias a los dieciséis diputados que sacó de diferencia al PP en Cataluña. Conocedor de esa circunstancia, el inquilino de la Moncloa, ha querido devolver ese favor de los catalanes. Lo ha hecho sacándonos de nuestro aislamiento con el resto de los pueblos de España dotándonos de mejoras en las infraestructuras- ahí está el A.V.E., a las puertas de Barcelona, por no olvidarnos de cercanías que hace las delicias diarias de 160.000 barceloneses - y, a la vez, acabando con la mala imagen que los catalanes tenemos en el resto del País haciendo de la capital del principado, Barcelona, una ciudad de acogida. Es bien sabido que hoy en Barcelona y alrededores, todos tienen un hueco. “Tothom te un forat” que decimos por aquí. Socavones para todos, en castizo. Tal ha sido el éxito de esa política de integración de Cataluña –y en especial de Barcelona- en España y de España en Barcelona, que todas las administraciones catalanas –Ayuntamiento y Generalitat- espoleados por la administración central, han ideado la construcción de un gran “forat”, un gran hueco, un socavón inmenso en un lugar céntrico de la ciudad. Justo en el lugar que ocupa una iglesia inacabada de hace muchos años, la Sagrada Familia . Total el dinero que nos está costando el dichoso templo, mejor derrumbarlo y darle alguna utilidad. Eso ha sido gracias a la preclara mente de nuestro “conducator” máximo, Rodríguez Zapatero, tan injustamente incomprendido y vilipendiado por las huestes de la oposición, facha, por supuesto. Y, además, casi me atrevo a decir que los huecos, “els forats”, los socavones, acabarán con el endémico problema de la vivienda en Barcelona al poderse vivir en ellos con unas pequeñas obras de acondicionamiento. De ahí que el sujeto monclovita nombrase a una catalana, ministra de la vivienda, la inefable Carmen Chacón. Por eso yo, que no voté a Rodríguez Zapatero en el 2004, al ver lo que ha hecho por Cataluña y por los catalanes, me he convertido en su principal defensor, en un admirador de su obra y de su derribo. Voy a proponer, y eso debiéramos hacer todos como una sola voz, que Cataluña cambie su denominación por “Zapaluña” y sus habitantes nos convirtamos en “zapalanes”, haciéndole saber a nuestro líder, a ese prohombre faro y guía de todos, que el siempre tendrá su hueco, su “forat”, su socavón, el más grande de todos, en Barcelona.

 

Lo nuestro

Lo nuestro

 

Algunos animales suelen marcar lo que consideran su territorio esparciendo orina por él. Creen que el olor ahuyenta a los intrusos de sus posesiones porque la excreción indica que aquél lugar tiene propietario. Esa escatológica manera de diferenciar lo suyo, es mucho más sutil que la empleada por hombres y mujeres. Nosotros también marcamos lo que consideramos que es nuestro. Marcamos a los animales con hierro candente. No es nada comparado cuando se trata de firmar la posesión sobre nuestros semejantes. No nos basta con dejar huellas en su cuerpo que señalen nuestro paso por él. Eso puede resultar relativamente sencillo. A veces horadamos el alma de tal manera que las imaginarias fronteras de nuestra jurisdicción no permiten que por ella salga nadie, o que algún intruso entre en ellas. No importa que “lo nuestro” nos sea de utilidad. Es el instinto de poseer el que prevalece. No nos hace falta construir barreras o muros de hormigón que rotulen nuestra zona. Basta con aparecer de vez en cuando por las lindes del territorio haciéndonos evidentes a los habitantes que merodean por el espacio. Es precisamente en los momentos en que nuestro instinto animal –esta vez si- ve la posibilidad de fuga de la pieza. Es cuando sellamos las salidas aunque para ello tengamos que desparramar nuestra mierda.

 

Sin imagen

Nunca se si las historias que escribo buscan una imagen o es ésta la que inspira mi relato. Por eso hoy he decidido no poner imagen a mis palabras y ver si soy capaz de contar algo. Corro el riesgo de que puedan parecer frías, desangeladas o, por el contrario, produzca una mayor concentración del lector o lectora en ellas. Eso también es un riesgo porque fijarse solo en las letras sin la distracción de una foto sugerente magnificará mis carencias literarias. Sin embargo, ahora que lo pienso un poco más, creo que las palabras sin adornos también pueden provocar sensaciones. Tantas veces he encontrado palabras, sin imagen, sin voz, sin tacto y que me han enamorado, apasionado, excitado, seducido, con las que he llorado, reído, soñado, a las que he creído, que tengo el convencimiento de poder hacer lo mismo. Reconocer que algunas palabras han hurgado mis sentimientos, es otro riesgo. Saber de mi vulnerabilidad. Pero ¡qué caramba! Escribir ya es una aventura osada que pone al descubierto todas nuestras vergüenzas... y algunas desvergüenzas. Y eso nos hace valientes.

Comentarios

Comentarios

Ella dice:

Oye , no has escrito mucho ultimamente

E.L. dice:

Tengo trabajo, esa es mi desdicha

Ella dice:

A mí lo que me extraña es que tengas tan pocos comentarios. Muchas visitas y nada de nada

E.L. dice:

Si, eso es verdad... No debo gustar

Ella dice:

No creo que sea eso

Ella dice:

más bien diría que es miedo a quedar en ridículo

E.L. dice:

¿Tú crees?

Ella dice:

E.L. dice:

¿De qué tipo de ridículo hablas?

Ella dice:

a ver... tus comentarios son inteligentes, rebuscados, complicados a veces

Ella dice:

y la gente tiene miedo a contestar a alguien superior a ellos

E.L. dice:

Halaaaaaaaaaaaa. ¡No te pases!

Ella dice:

sí, es verdad

Ella dice:

tú porque no te das cuenta... eres así

E.L. dice:

Tendré que utilizar un lenguaje más llano...?

Ella dice:

Así es. Utilizas un lenguaje extraño para muchos y temen no estar a la altura

E.L. dice:

Lo comprobaremos, aunque te equivocas. Quién me lee es muy valiente.

Ella dice:

Escribe algo cotidiano y sencillo y ya verás

E.L. dice:

Pongo esta conversación en la página y que comenten

Ella dice:

vale

Ella dice:

pero no toda ¿eh?

Ella dice:

jajaja


Mensaje en una blogtella (II)

Mensaje en una blogtella (II)

Está claro que este mundo de los diarios es un espacio al que enviamos mensajes y al que acudimos en busca de ellos. Por eso lo utilizamos, muchas veces, para desarrollar nuestras buenas o malas artes de seducción. Quienes tienen cierta gracia en el uso del lenguaje escrito no les es difícil encontrar su “público”, al que tratan de enraizar con palabras descaradamente galantes. Los, llamémosles así, “seguidores” tenemos la disposición a creernos maravillosos y fruto de esa entendida, por nosotros, exclusividad, llegamos al convencimiento que esos escritos llenos de pasión y sentimiento del diarero o diarera se dirigen solo a nosotros. El autor o autora, sabedor de que la pieza ha picado el anzuelo, no hace nada para sacarla de la confusión, no vaya a ser que se le vea el plumero y sus visitas caigan en picado convirtiéndose en el descrédito de “La Red”. En ese momento se llega a situaciones de ridículo por parte del incauto o incauta que ha creído a pies juntillas los amorosos recados del hacedor o hacedora de prosa creyendo vivir una pasión auténtica. No pondré ejemplos porque hoy no tengo el día cruel, pero haberlos, haylos. Y a montones. Para localizarlos solo tenéis que fijaros si el escrito que se “cuelga” en un diario parece un mensaje cifrado. Desconfiad si lo entendéis, hay muchos más que conocen las claves que han sido pasadas en la intimidad de una conversación por Messenger o conductos similares. En cambio si no comprendéis el mensaje, respirar tranquilos, tampoco sois los receptores del escrito. Y, aunque lo fueseis, no importa. Siempre queda el consuelo que con aquella persona nunca os hubieseis entendido.

Mensaje en una blogtella (I)

Mensaje en una blogtella (I)

Tengo cierta tendencia a escribir en momentos de crisis emocional. Es algo que me viene de lejos, desde la infancia. Recuerdo que, cada vez que me castigaban en la escuela, me entraba un estado de pánico al tener que explicar en casa mi tropelía. Sabía de la severidad de la justicia paterna que generalmente me condenaba a un encierro en mi cuarto con la orden que debía meterme en la cama a dormir inmediatamente después de hacer los deberes. Esa situación de aislamiento familiar envuelto en oscuridad me horrorizaba, convirtiéndose en el ambiente propicio de no pocas pesadillas de aquella época. Con el tiempo solucioné esas crisis de verdadero terror echando mano de la imaginación. Me inventé un amigo. No un amigo cualquiera, no. Un amigo al que le escribía mensajes. Bueno, lo cierto es que al principio le hablaba –bajito para que no nos oyesen- pero como no me contestaba, pensé que lo mejor era contarle mis penas por carta. El inconveniente era que los amigos inventados no tienen domicilio conocido, por lo que llegué a acumular un buen número de notas que no sabía dónde enviar a pesar de tener destinatario. Esa situación estuvo a punto de dar al traste con mi fantasía y devolverme a mis angustias. Hasta que un día encontré la solución, metería los mensajes que escribiese en una botella y los lanzaría al mar, de esa manera siempre llegarían a su destino. Me di cuenta que esa tampoco era la solución, cuando las botellas que arrojaba al mar no pasaban de la primera ola y eran devueltas a la playa. La fuerza de un niño no era suficiente para superar aquella barrera, la primera ola. Ninguna de aquellas notas que empezaban con “A mi amigo desconocido” llegaría a su destino.

 

Crecí y, con ello, mi fuerza se hizo suficiente como para superar aquella primera ola. Las desazones cambiaron. Ya no era el temor a la incomunicación familiar lo que me preocupa, sino la soledad producida por el desconsuelo de los amores rotos. Continué echando mis botellas al mar. Veía como se perdían para encontrar el camino hasta el amigo desconocido, alguien de quién nunca obtuve respuesta. Los naufragios continuaron y, aunque ya no enviaba mensajes encerrados en una botella, acudía al lado del mar a llorarle mis sentimientos. Siempre al amanecer, tras haberme acostado en la arena y fornicar con ella toda la noche hasta llenarla de polvo de estrellas.

 

Ahora escribo en estas páginas y me he convertido en un naufrago en un mundo de naúfragos. Todos lanzamos nuestras botellas llenas de mensajes con la certeza de que siempre llegan a un destino aunque sigamos sin poner la dirección.